Los movimientos que se desinflan… Los que no aparecen en la fotografía
Los movimientos que se desinflan… Los que no aparecen en la fotografía
Hay movimientos políticos que nacen de la convicción ciudadana y otros que sobreviven únicamente mientras el reflector permanezca encendido. La diferencia entre unos y otros se hace evidente cuando llega el momento de demostrar capacidad de convocatoria.
La marcha aquella, del 15 de noviembre del año pasado en la Ciudad de México, convocada para exigir justicia por el asesinato de CARLOS MANZO, fue acompañada mayoritariamente, por ciudadanos que exigían seguridad y no precisamente por el motivo de la convocatoria, entonces los escribí: “Sí hubo ciudadanos inconformes con el régimen actual, pero la respuesta que esperaba el llamado “Movimiento del Sombrero” estuvo muy lejos de la fuerza que muchos presumimos en redes sociales y espacios de opinión. La realidad volvió a imponerse sobre la narrativa”.
Hace algunos meses advertía que tarde o temprano quienes insistían en que no buscaban cargos ni partidos terminarían descubriendo las bondades de la política tradicional. Hoy los hechos parecen dar la razón.
Resulta evidente que los dirigentes “del sombrero” comprenden perfectamente que no cuentan con la estructura territorial ni con el respaldo ciudadano suficientes para obtener el registro de un partido político, incluso en el ámbito local. Ante ello, la estrategia ha cambiado: multiplicar entrevistas, recorrer programas de opinión y mantenerse vigentes en redes sociales con la esperanza de que la exposición mediática sustituya lo que todavía no consiguen en las calles.
El problema es que la ciudadanía también ha aprendido a distinguir entre un movimiento auténticamente ciudadano y un proyecto personal disfrazado de participación social. México no necesita más partidos ni más políticos profesionales; necesita servidores públicos honestos, preparados, con experiencia y congruentes.
Cuando una causa comienza a utilizar el dolor de las víctimas como plataforma política, inevitablemente pierde autoridad moral. Son miles las familias mexicanas que han sufrido las consecuencias de la violencia y la inseguridad. Su tragedia merece justicia, acompañamiento y resultados, no convertirse en el argumento recurrente para construir carreras políticas.
Por eso no sorprende que el entusiasmo inicial vaya disminuyendo conforme pasan los meses. En política la percepción dura poco; los resultados son los que permanecen. Hoy, en lugar de crecer, el movimiento enfrenta cuestionamientos cada vez más severos y una evidente reducción en su capacidad de convocatoria.
También llama la atención la facilidad con la que algunos espacios informativos les abren los micrófonos. Más que entrevistas, en ocasiones parecen ejercicios de promoción cuidadosamente diseñados. Las preguntas incómodas brillan por su ausencia y los cuestionamientos de fondo son sustituidos por conversaciones complacientes donde el invitado puede construir, sin mayor resistencia, la imagen que desea proyectar.
Lo verdaderamente preocupante sería que para ello se estuvieran utilizando recursos públicos. Si así fuera, no solamente hablaríamos de propaganda disfrazada de periodismo, sino del uso indebido del dinero de los ciudadanos para impulsar proyectos personales.
No existe objeción alguna a que cualquier ciudadano aspire legítimamente a participar en la vida pública. Lo cuestionable es la incongruencia. No se puede condenar durante años a los partidos políticos para después buscar exactamente los mismos privilegios que se criticaban desde la tribuna ciudadana.
Los que no aparecen en la fotografía
Paradójicamente, mientras algunos reciben una cobertura mediática permanente, existen organizaciones y ciudadanos que realizan trabajo comunitario sin ocupar titulares ni espacios privilegiados en los medios de comunicación.
Son proyectos que promueven valores como la libertad, la patria y la familia, pero cuya presencia pública resulta prácticamente inexistente. No porque carezcan de actividad, sino porque pareciera que ciertos medios prefieren destinar sus espacios a quienes garantizan audiencia, publicidad o afinidad política antes que al trabajo social silencioso.
En ese contexto vale la pena reconocer que, independientemente de las simpatías o diferencias partidistas que cada quien tenga con el Partido Acción Nacional, el lema «Libertad, Patria y Familia» recupera conceptos que durante años fueron relegados del debate público.
Uno de quienes ha insistido en colocar nuevamente a la familia como eje de las políticas públicas es el presidente municipal de Morelia, Alfonso Martínez. Hablar de la familia puede parecer un lugar común; sin embargo, en un momento en que diversas corrientes ideológicas cuestionan incluso su importancia como institución social, el tema adquiere una dimensión distinta.
La familia sigue siendo el primer espacio donde se forman ciudadanos, donde se transmiten valores y donde se aprende el respeto por la ley, la solidaridad y la responsabilidad. Ningún programa gubernamental podrá sustituir lo que una familia sólida aporta a la sociedad.
La pregunta obligada es cuándo comenzó su debilitamiento. Sería simplista atribuirlo únicamente a los años recientes o al cambio político de 2018. La transformación inició mucho antes, mediante procesos culturales, educativos y políticos que fueron restando importancia a la institución familiar hasta convertirla, para algunos sectores, en un concepto prescindible o incluso incómodo.
Los resultados están a la vista. Una sociedad que debilita a la familia termina debilitando también el tejido social que sostiene la convivencia democrática.
Al final, tanto en la política como en la vida pública, la realidad termina imponiéndose sobre el discurso. Los movimientos construidos alrededor de la popularidad pasajera suelen desaparecer con la misma rapidez con la que surgieron. En cambio, los proyectos sustentados en principios, trabajo constante y congruencia tienen mayores posibilidades de permanecer.
Porque la política puede construirse con propaganda durante algún tiempo, pero sólo la congruencia permite sostenerla en el largo plazo.

